Raíces mexicas
Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl
Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl eran los señores del Mictlán, el lugar de los muertos de los mexicas. Gobernaban juntos el último y más profundo de sus nueve niveles, cuidaban los huesos de los difuntos y recibían a quienes llegaban al final de un viaje de cuatro años. Muchos devotos de la Santa Muerte los consideran sus antepasados más antiguos.
Quiénes eran Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl
Mictlantecuhtli significa en náhuatl «señor del lugar de los muertos». Se le representaba como un esqueleto, o como un cuerpo con el rostro de calavera, de dientes descubiertos, adornado con papel y con orejeras de hueso. Lo acompañaban animales de la noche: el búho, el murciélago y la araña. También lo veneraban, con otros nombres, pueblos como los zapotecos y los mixtecos.
Mictecacíhuatl, «señora de los muertos», era su esposa y compañera. Se le atribuía la tarea de cuidar los huesos de los difuntos y presidir las fiestas que los mexicas dedicaban a sus muertos. Algunas fuentes la llaman también Chalmecacíhuatl. Las crónicas la muestran a veces trabajando junto a su esposo y a veces en desacuerdo con él: no era una figura secundaria, sino la otra mitad del reino de la muerte.

El Mictlán: el lugar de los muertos
Para los mexicas, el destino después de la muerte no dependía de cómo se había vivido, sino de cómo se había muerto. Según lo que recogió fray Bernardino de Sahagún en el siglo XVI:
- Al Mictlán iban quienes morían de muerte natural o de enfermedad común, fueran señores o gente del pueblo, sin distinción de rango ni de riqueza.
- A la casa del Sol iban los guerreros muertos en batalla o en sacrificio y las mujeres que morían al dar a luz, consideradas también guerreras.
- Al Tlalocan, el paraíso del dios de la lluvia, iban los ahogados, los muertos por un rayo y quienes morían de enfermedades ligadas al agua.
- Al Chichihualcuauhco iban los niños pequeños, que se alimentaban de un árbol cuyas ramas daban leche.
El Mictlán estaba al norte, la dirección del frío y la oscuridad. Llegar a él no era inmediato: el difunto debía recorrer un camino lleno de pruebas que, según las crónicas, tardaba cuatro años.
El viaje por los nueve niveles
El camino hacia Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl atravesaba nueve regiones. Los nombres varían según la fuente, pero el recorrido más citado es este:
- Itzcuintlan, «lugar de los perros». Había que cruzar un ancho río, y solo se lograba con la ayuda de un perro.
- Tepetl Monamicyan, «donde se juntan los cerros». Dos montañas chocaban entre sí y había que pasar entre ellas.
- Itztepetl, «cerro de obsidiana». Una montaña cubierta de pedernales filosos.
- Itzehecayan, «lugar del viento de obsidiana». Un viento helado que cortaba como navaja; ahí el difunto perdía sus ropas y pertenencias.
- Pancuetlacaloyan, «donde la gente ondea como bandera». Un lugar sin peso donde los cuerpos flotaban a merced del viento.
- Temiminaloyan, «donde llueven flechas». Flechas lanzadas por manos invisibles.
- Teyollocualoyan, «donde se come el corazón». Fieras que devoraban el corazón de los muertos.
- Apanohualoyan, «donde se cruza el agua». Aguas negras que había que atravesar.
- Chiconahuamictlan, «el noveno lugar de los muertos». El final del camino, donde esperaban Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl y el alma por fin descansaba.
El perro que guía a los muertos
Para cruzar el primer río, el difunto necesitaba un perro. Sahagún cuenta que a los muertos se les enterraba con un «perrito bermejo», al que se le ponía un hilo de algodón flojo en el cuello, para que los esperara en la orilla y los pasara nadando. Por eso el xoloitzcuintle, el perro sin pelo de México, sigue asociado al viaje de las almas y aparece hoy en altares y ofrendas.

El mito de los huesos: cómo la muerte dio vida a los humanos
Una de las historias más bellas sobre Mictlantecuhtli está en la Leyenda de los Soles, un texto náhuatl del siglo XVI. Cuenta que, cuando los dioses quisieron crear una nueva humanidad, el dios Quetzalcóatl bajó al Mictlán a pedir los huesos de los hombres que habían vivido antes.
Mictlantecuhtli aceptó, pero con una condición: Quetzalcóatl debía hacer sonar un caracol que no tenía agujeros. Quetzalcóatl llamó a los gusanos, que lo perforaron, y a las abejas, que entraron en él y lo hicieron sonar. El señor de los muertos se vio obligado a entregarle los huesos, pero luego quiso recuperarlos y mandó cavar un hoyo en su camino. Unas codornices asustaron a Quetzalcóatl, que cayó y dejó caer los huesos, que se rompieron en pedazos de distintos tamaños; por eso, dice el mito, las personas son de estaturas diferentes.
Quetzalcóatl recogió los huesos y los llevó a Tamoanchan. Ahí la diosa Cihuacóatl los molió, y los dioses derramaron sobre ellos su propia sangre. De esa mezcla nacieron los seres humanos. Para los mexicas, entonces, la humanidad nació de los huesos guardados por el señor de la muerte: la vida y la muerte venían del mismo lugar.
Las fiestas de los muertos
Los mexicas dedicaban dos meses de su calendario solar a los difuntos. Cronistas como fray Diego Durán los llamaron Miccailhuitontli, «la fiesta pequeña de los muertos», dedicada a los niños, y Hueymiccailhuitl, «la fiesta grande de los muertos», dedicada a los adultos. Caían aproximadamente entre agosto y septiembre, y Mictecacíhuatl presidía estas celebraciones.
Con la llegada de los españoles, estas fiestas se fueron mezclando con el Día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos, el 1 y 2 de noviembre. De esa mezcla nació el Día de Muertos tal como hoy se conoce.
Lo que encontraron los arqueólogos
En el recinto del Templo Mayor de Tenochtitlan, en el centro de la Ciudad de México, los arqueólogos hallaron en la década de 1990, en la llamada Casa de las Águilas, dos esculturas de barro de Mictlantecuhtli de tamaño humano. Lo muestran con el cuerpo descarnado, el hígado colgando bajo las costillas y las manos como garras. Hoy se exhiben en el Museo del Templo Mayor y son de las piezas más impresionantes del arte mexica.
Su culto también tenía un lado duro que conviene conocer: las crónicas relatan que en su honor se realizaban sacrificios humanos, como en el culto a otros dioses mexicas.
¿Son los antepasados de la Santa Muerte?
Muchos devotos ven en Mictecacíhuatl a la abuela de la Santa Muerte: una señora de los muertos, venerada en México desde mucho antes de la Conquista, que no desapareció sino que cambió de rostro. Después de 1521, la imagen europea de la Muerte, un esqueleto con guadaña, se mezcló con la memoria de estos dioses.
Los investigadores son más cautos. Autores como Claudio Lomnitz y Katia Perdigón Castañeda señalan que no hay documentos que prueben una línea directa entre el culto a Mictecacíhuatl y la devoción actual. Lo que sí es claro es que en México la muerte nunca fue solo algo que temer: desde los mexicas, se le honraba, se le ofrendaba y se le hablaba.
Si quiere seguir el hilo hasta hoy, lea la historia de la Santa Muerte desde la Nueva España hasta el altar de Tepito, o descubra por qué la muerte es amor para sus devotos.